Mi Estado es único

La Ciudad que en su eterna renovación, pierde la memoria. La metrópoli de contrastes que aspira a ser cosmopolita, pero no acepta a extranjeros; menos a foráneos y de indígenas, ni se mencione. La otra cara de Nuevo León, donde desechar espacios es más fácil que habitarlos, donde el futuro es ansiado; el pasado se borra y el presente, solo pasa.

El país donde las horas sangran

Incrédulo el sentir al leer los diarios; al ver las fotografías del desaparecido; las madres llorar; los huérfanos sobrevivir; las horas sangrar.

Los diarios que no callan, entre los muchos que solapan.

Los rostros desaparecidos, los cuerpos mutilados, el corazón oprimido de un dolor inhumano.

Las madres quieren más recuerdos que esperas. Quieren usar sus bocas para besar a sus hijos, no para gritar justicia. Quieren usar sus manos para abrazarlos; no para cargar su retrato entre una multitud indiferente, soberbia, reprimida.

Los huérfanos hijos del régimen, del despilfarro, de la atrocidad, del descontrol, del gobierno inepto, del silencio.

Y las horas sangran.

Y en México:

En las redes de los pescadores
En el tropiezo de los cangrejales
En la del pelo que se toma
Con un prendedorcito descolgado
Hay Cadáveres

En lo preciso de esta ausencia
En lo que raya esa palabra
En su divina presencia
Comandante, en su raya
Hay Cadáveres

Poema de Néstor Perlogher

Por Gabriela Villegas

La ética

“Pienso en las jerarquías de valores tan bien exploradas por Ortega, por Scheler: lo estético, lo ético, lo
religioso. Lo religioso, lo estético, lo ético. Lo ético, lo religioso, lo estético. El muñequito, la novela. La muerte, el muñequito. La lengua de la Maga me hace cosquillas. Rocamadour, la ética, el muñequito, la Maga. La lengua, la cosquilla, la ética”

100 años de Cortázar 

 

 

Cada 25 de Agosto

El incendio que más lo impactó fue el Casino Royale y compartió algo de lo que vio entre las llamas.

A dos años de aquella conversación con un bombero del Patronato de Nuevo León, su respuesta nunca la he olvidado.

Tampoco la tarde del 25 de Agosto del 2011, cuando nadie creía la cifra de muertos y nadie entendía por qué.

Ahora, tal vez entendemos el por qué, pero la cifra se borró al ver las caras de los deudos. 

A ellos el hecho les pesa a diario, a nosotros cada 25 de Agosto y al Gobierno Estatal nunca.

“Me dicen que tengo un ‘don’ en las manos”

Desde Chiapas, un hombre llegó a Monterrey para tramitar su visa y al mismo tiempo a encontrar a aquella mujer que, en un sueño, un ángel le indicó buscarla.

Ella, la indicada, es Nicolasa, débil visual que labora ofreciendo masajes y terapias en la Macroplaza, en el Centro de Monterrey.

“La gente me dice: ‘tú tienes un don en tus manos’”, expresa Nicolasa y levanta sus manos a la altura su cabeza, dejando ver la blancura de sus palmas.

Hace diez años, le insertaron un lente, pues padece de glaucoma, sin embargo el diagnóstico se agravó cuando un coagulo se desarrolló en su pupila.

“Bien poquito que miraba, pero como tengo glaucoma se va ‘yendo’,  se va ‘yendo’, te veo pero con mucho humo, pero aquí andamos”, agrega Nicolasa, “Es que dicen que cuando se te van ‘yendo’ tus ojos, se te desarrollan otras cosas”.

Al fallecer su madre, Nicolasa ingresó a las capacitaciones laborales para personas con discapacidad, que ofreció la Administración de Adalberto Madero hace casi nueve años.

Lleva siete años laborando como masajista y terapeuta en la Macroplaza, donde dice haberse ganado a la gente, a pesar de las dificultades que enfrenta como compartir los clientes con personas que fingen ser discapacitados.

“Ella (refiere a una compañera) se pone lentes de aumento para que digan que está ciega, se los pone hasta por acá (señala las mejillas) y ve por arriba”, cuestiona, “¿Cómo te vas a dañar tus ojos?”.

Tal vez por su carisma o franqueza al hablar, Nicolasa, con sus 60 años de edad, dice que la gente la busca, pero también por las facilidades de pago que ofrece.

“Tú le dices una cooperación de 40 pesos, pero no es una cooperación 40 pesos son 40 pesos, entonces hay gente que puede y otra que no puede. Me dicen: ‘sólo tengo 20 pesos’, y le doy el masaje”, comenta mientras acomoda una pequeña camilla.

Sin embargo, Nicolasa ve recompensada su labor en Navidad, pues dice que sus clientes le pagan el masaje y aparte le regalan 50 o 100 pesos.

Nicolasa parece feliz con su trabajo, pues arregla su espacio ubicado en un camellón de la Macroplaza, justo bajo la sombra de un árbol, que poco o mucho sirve para desviar los 37 grados que marca el termómetro.

Mientras dice que prefiere tener sus ojos buenos para poder trabajar en dónde sea, llega una mujer que viste traje sastre en color gris y porta una bolsa aparentemente de marca costosa.

“Nicolasa, ¿Cómo está?, la busqué el sábado”, interrumpe.

Luego, Nicolasa coloca toallas blancas sobre la camilla y su clienta se acomoda.

“Ya ve que cómo vienen y me buscan, amiguita”, dice sonriente.

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